jueves, 9 de julio de 2009

Una estética para la juventud de un mundo global post-industrial: O un adiós a Astroboy

El apocalipsis fue solo un aspecto del legado de Hiroshima para la memoria colectiva de Japón, y a través de esta, para el arte del manga. Fue la ciencia la que produjo el infierno nuclear – ciencia conquistada por norteamericanos más rápido que por japoneses, ciencia ante la cual el coraje de Japón no pudo hacer nada. De este evento, los japoneses aprendieron que solo cuando dominaran la ciencia serían capaces de recuperar su lugar en el mundo. La ciencia se volvió entonces un objeto de culto absoluto en una nación de post guerra. Los adultos habían fallado y el futuro estaba en las manos de los niños, quienes gracias a la ciencia, construirían uno mejor que ninguno.

Astroboy de Osamu Tezuka es la serie más típica con esta mentalidad – al igual que el manga más celebrado de todos los tiempos. El pequeño robot nuclear, creado en 1952, epitomiza la “juventud científica”, cuya misión era la de establecer un nuevo orden justo en el mundo, pero con Japón a la delantera. Astro hacía el bien en cada rincón del mundo, incluyendo los Estados Unidos, pero la siguiente mitad de siglo cambió el culto científico así como había cambiado la utopía de reconstrucción post apocalíptica. Pero eso no es todo. Para finales de los sesentas – antes que el Oeste – Japón también empezaría a enfrentarse con graves problemas de contaminación. El mismo Tezuka se encontraría en un estado de desilusión cuando creara Black Jack, veinte años después que Astroboy.

Este nuevo héroe era un cirujano virtuoso, trabajaba milagros, pero la sociedad lo convirtió en un forajido. Puede salvar vidas y a veces almas, pero el futuro radical prometido a los jóvenes lectores de Astroboy había sido enterrado bajo malevolencia humana, avaricia y tirria. Durante los noventas, a medida que el manga hacía su conquista mundial, la ciencia se volvía más peligrosa y malvada. Las series de entonces empezaron a retratar la venganza de la naturaleza o a fuerzas sobrenaturales en contra de la contaminación y modificación genética, o la manipulación de virus mortales. La ciencia aparece como la madre de todos los peligros, amenazando a destruir o esclavizar la humanidad. Esta temática, la cual fue completamente ignorada en comics Franceses al igual que la desilusión post apocalíptica, está ganando hoy en día una gran lectoría en todo el mundo, a medida que temas de polución y contaminación global acaparan las primeras planas de los periódicos. El peligro de la ciencia, dramatizado por primera vez en Japón, se ha convertido en un problema recurrente para la humanidad.


Sin embargo, el manga post-científico (como en el caso de Otomo), lograr explorar los temas de ciencia desenfrenada y de contaminación destructora sin hundirse en la desesperación. Por ejemplo, en Inugami, la reacción de la naturaleza a la polución se presenta en la forma extrema de un crecimiento vegetal de plantas que por poco aniquila a los japoneses. Pero cuando un par de jóvenes logran fusionarse con el “árbol de la vida” que causó el desastre, nuevos seres aparecen en el mundo que son capaces de sobrevivir en este ambiente paradisiaco. Lo mismo en Parasite: los caníbales interestelares que son enviados a la Tierra para castigar a los humanos por contaminar el espacio sideral, terminan procreándose con ellos. Aquí encontramos la misma ideología New Age que Otomo representa en Akira: la humanidad asciende a una nueva dimensión; seres humanos reciben un ADN superior; el rol de la naturaleza en el atardecer de una nueva espiritualidad. Lo que importa es que el sentimiento se une con el espíritu de la juventud occidental de comienzos de siglo veintiuno: un deseo vehemente de deshipnotizar al mundo de las certezas de la Razón, de drenarlo de la estructura traída por la utopía moderna de Narrativas Maestras.


El mundo del manga ha superado al mundo de los comics en lograr sintonizarse con el zeitgeist, en satisfacer una demanda de nuevos propósitos y significados, por más extraños que sean. El mundo japonés pre modernista del kami, oni, yokai y yure (demonios, espíritus, monstruos y fantasmas) se salvó de los dolores de la intolerancia monoteísta que destruyó a sus contrapartes occidentales. Solo años más tarde fue que pudrió por la modernidad, la cual llegó a Japón recién a mediados del siglo diecinueve. La cultura japonesa moderna entonces retiene lo que Anne Allison llamó el “inconsciente animista”. Aquí también hay una paradoja en reversa. Los temas más radicalmente distintos en Japón que en el occidente (falta de monoteísmo, modernidad tardía) son precisamente los elementos que le han dado un lugar en el “universalismo postmodernista” que hoy en día compite con la iluminación racionalista del siglo dieciocho. En el manga japonés, no hay una racionalidad que le impida a jóvenes fusionarse con un “árbol de la vida”; o a un campesino encontrarse con un yokai en una esquina; o a dioses de un pueblo que salgan de las tierras y derroten a gánsteres y políticos corruptos que contaminan la tierra; o que una inteligencia artificial pueda liberarse a sí misma para manejar sus propios asuntos. Esta fantasía loca no puede volver a hipnotizar un mundo vacío de significado por el capitalismo post industrial, pero siquiera puede tratar de responder a la demanda latente.

Pero recordemos que la paradoja final del manga es la de representar un producto cultural que genera altas sumas de ingresos para este mismo capitalismo post industrial.


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Jean-Marie Bouissou, "Why has manga become a global cultural product?", para Eurozine

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