jueves, 6 de mayo de 2010

Y bueno, así comenzó.

por Rubén Merino

No llevo mucho tiempo leyendo cómics. Contamos un par de años hacia atrás y ya habría que detenerse. De las tiras de Mafalda no pasaba. Y ciertamente no tenía en mente al cómic como una de las artes legítimas; lo pensaba, como la mayoría que nos rodea, como una diversión más, como un producto del ocio dirigido al ocio. Y más allá: no.

Pero algo sucedió: un domingo, mientras revisaba las páginas del Comercio del día, me encontré con una infografía gigante sobre el mundo de Watchmen, a modo de introducción, para los desentendidos, por la película que se veía venir. Me sorprendió la complejidad de lo mostrado y el tema que se trataba. Me sorprendieron los personajes de los que se hablaba, los rotundos enredos morales en los que cada uno de ellos parecía estar metido. El cómic era presentado como “la historieta que cambió la historia”. Decidí entonces, antes de ver la película, conseguir el cómic por Internet y leerlo. Apenas lo terminé recordé que una buena amiga venía de EE.UU. en unos días; me contacté inmediatamente con ella y le encargué que me traiga una copia en el idioma original.

Y bueno, así comenzó.

Al poco tiempo comencé a pensar sobre la autonomía y la singularidad del lenguaje del cómic: en qué consistía, cuáles eran sus características más íntimas. El siguiente texto fue escrito bajo las influencias de tales preguntas. Es básico y hasta inocente, pero sea como sea, es el primer indicio de mi afán por mezclar mis intereses académicos por la estética y el lenguaje con mi interés por la lectura de cómics. En versión simplificada (y purgada) aquí va:


Dos elementos se combinan complejamente para la particular experiencia que supone la lectura de un cómic: la percepción de imágenes y la lectura de textos. Ambos son procesos básicos en el ser humano de comprensión, valoración e interpretación de la realidad. Pero el cómic no es simplemente una mezcla de estos dos procesos; el cómic, al compenetrarlos de formas tan especiales, crea un nuevo evento estético en donde la imagen no puede separarse del texto, y en donde el texto deja de ser simple texto, para pasar a ser él mismo parte de la imagen.

Hay un par de aspectos que me parecen fundamentales en este lenguaje particular del cómic: el silencio y lo estático. Ambos, según lo veo, constituyen los núcleos de la experiencia de este arte; es a partir de ellos que se abre la posibilidad de que la imaginación del lector juegue un papel importante al momento de la lectura. Acá, por supuesto, queda la tentación de pensar al silencio y a lo estático como dos vacíos que son rellenados por la imaginación, sin embargo la cuestión es mucho más compleja. La imaginación no simplemente ‘rellena’ estos espacios, precisamente porque no son espacios vacíos en ningún sentido.

Lo que ocurre, me parece, es que la imaginación interactúa con el cómic a partir de lo silencioso y lo estático, creándose así -para el lector- una relación particular con la obra. Yo siento en estos dos elementos a algo así como la ventana única de este arte, la ventana en la que le es posible al lector entrar en una dimensión especial que no encontrará en algún otro lenguaje, no del modo en que acá se la encuentra. Las viñetas no simplemente pasan; pasan invitando a romper lo estático y lo silencioso, y es la imaginación del lector la que acepta la invitación e interactúa con el paso de las viñetas para que la obra cobre vida.


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Rubén Merino, educado en filosofía académica, administra Singularidad Vertiginosa, un blog sobre filosofía y demasiadas cosas más.
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