miércoles, 10 de julio de 2013

Son, cuero y… vampiros: para conocer a Juan Padrón

No sé si han ido al bar La Habana en Miraflores, es un buen lugar entre simulacros de iconoclastas, parroquianos conocedores y gente que simplemente va a pasarla. La última vez que fui por fin apunté, para que no se me vuelva a olvidar, que tenía que hacer un post sobre “Vampiros en La Habana”, luego de morirme de envidia por enésima vez mientras miraba el póster que tienen colgado en una viga y que debería estar en mi pared.


“Vampiros en La Habana” (1985) es tal vez la película animada más conocida de Juan Padrón Blanco (1947, Matanzas), creador cubano de uno de los héroes, sino el principal héroe, de la historieta cubana, Elpidio Valdés. “Vampiros…”, además, se ha convertido en una película de culto de la animación hispanohablante y referente de la cinematografía cubana en general. Tuve la suerte de verla en pantalla grande en el 2005 en la PUCP, en el marco de un ciclo de animación latinoamericana, y que sabe Dios a donde habrá ido a parar el video porque ya no está en la videoteca de la universidad. El punto es que la película es un hit y aunque tal vez no sea lo mejor, la pueden ver completa en youtube. 


Ahora, la verdad es que este tenía toda la vocación de ser un post sobre vampiros, son, ron y boleros, pero la producción y trayectoria de Padrón hacen inevitable dedicarle al menos un par de párrafos (ojalá alcancen).

Desde muy joven estuvo tan en contacto con la animación como con los aires revolucionarios cubanos, a los 17 fue aprendiz en el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) y hasta antes de los 70s ya había trabajado como humorista gráfico en la histórica revista Mella, que pasó de clandestina a pública luego de la revolución y que en 1965 confluyera junto con el Diario de la Tarde para formar el diario Juventud Rebelde en donde continuaría colaborando Padrón. Mella, que acogiera a otras prolíficas leyendas del cómic cubano como Virgilio Martínez y Marcos Behemaras, fue el espacio en donde Padrón forjó amistad con Silvio Rodríguez (sí, al principio el cantautor tenía pretensiones historietísticas), quien luego compusiera la música de su primer corto sobre Elpidio Valdés.


En el 70, como quien no quiere la cosa, vio la luz, en el semanario Pionero, la primera aventura de Elpidio, “Elpidio Valdés vs. Gun Market Co.”. La idea era que fuera el secundario de un héroe japonés, pero resultó que dio para mucho más. Este icónico personaje es un mambí, una categoría política usada para nombrar a los revolucionarios cubanos de todo estrato que lucharon a favor de la descolonización. Las historias del Elpidio suceden en la última de estas guerras, aquella en la que interviniera EEUU y donde se lograra la independencia cubana a finales de la última década del s. XIX. Las referencias históricas no son para menos, Padrón concibió tanto al personaje como a sus peripecias como una suerte de ficción histórica, para lo que evidentemente se documentó de los periodos que sirven de escenario a las hazañas de su héroe y que retrata con fidelidad.

Pero más allá de su calidad como producto artístico e histórico, hay dos cosas muy interesantes que apunta la investigadora Ana Merino y que de hecho el personaje de Elpidio muestra sin complejos. Decía que Padrón era de casta revolucionaria, lógicamente que su personaje no podía serlo menos, Elpidio es un luchador antiimperialista (contra españoles y estadounidenses por igual -el personaje de Mr. Chains es genial, por cierto-) que reivindica la construcción de una nación cubana revolucionaria desde antes de su revolución más icónica. Y esto tiene una razón de ser, contribuir a la consolidación de un héroe netamente cubano que sea prototípicamente guerrillero. Por ello se narra la historia de Elpidio desde su niñez, es la historia de su formación heroica y valiente. Por ello también, es un personaje que en primera instancia se considera dirigido a niños, es decir, tiene una vocación didáctica.


El otro punto está relacionado a lo anterior, pero esta vez tiene que ver con una reivindicación artística más que histórico-política. La galería del universo de Elpidio es ciertamente variada, pero tal vez un tanto simples respecto a las personalidades de los protagonistas. No obstante, antes de desvirtuar el trabajo de Padrón lo que esta característica hace es evidenciar un proceso de apropiación y resignificación de estereotipos (el héroe, el compañero, el malo, el esbirro, etc.) para representar un contexto y aspiración nacional específicos. Tal vez por ello este mambí de papel y tinta se convirtiera en leyenda. Leyenda a partir de la cual se creó el primer largometraje animado cubano, de título homónimo (1979), y que continuó siendo fuente de animaciones hasta bien entrados los 90.


Sin embargo, como el título de este post delata, no solo de Elpidio vive el hombre. Padrón ha trabajado en múltiples proyectos, entre ellos los Quinoscopios, que fraguara directamente con Joaquín Lavado; así como dos películas sobre vampiros habaneros y una infinidad de cortos de múltiples cepas. No por nada el 2008 le otorgaron el Premio Nacional de Cine para engrosar su galería de trofeos, nacionales e internacionales, y es miembro y directivo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba.


Ahora sí, luego de esta necesaria presentación, entremos de lleno a “Vampiros…”. Hay ideas que solo la música, el baile y ron podrían producir. Transcurrir por los poco más de 60 minutos de esta película es como bailar (duro y parejo) con una sonrisa. La acción se desarrolla en otro de los periodos revolucionarios de Cuba, durante el primer cuarto del s. XX, en pleno gobierno de Gerardo Machado, político militar que promoviera el despunte de servicios básicos y obras públicas, reprimiera opositores y se reeligiera mediante un cambio constitucional (sí, ya sé que suena familiar. No me creerían si además les digo que se adscribió al partido liberal). Pepito (Joseph Amadeus Von Drácula), protagonista de esta historia, es el heredero del Grupo Vampiro (facción europea de la comunidad vampírica, opositora a Capa Nostra, liderada esta última por el estadounidense Johnny Terrori). Además es trompetista, miembro de los disidentes políticos y absolutamente ignorante de que es un chupasangre.


¿Que cómo rayos pasó eso? Fácil, desde pequeño su tío, Werner Amadeus Von Drácula, lo ha estado embotando de Vampisol, lo cual le permite broncearse tranquilamente bajo el sol habanero. Sobre qué diablos hacen los herederos de Drácula en pleno trópico, de qué van las disputas entre los grupos de vampiros europeos y gringos, y cómo recibe Pepito la noticia de que es un hijo de la noche; pues solo les queda ponerse cómodos y disfrutar de más de una hora de animación original cubana de la mejor calidad. Sin mencionar que al ser una película ochentera tiene todo ese feeling 2D de antaño. A esto hay que sumarle, además, la música que a uno lo deja con ganas de rematar el suceso con sones del Septeto Nacional y boleros de Tito Rodríguez. Y no es para menos, considerando que la rumba de la película estuvo a cargo del multipremiado jazzista cubano Arturo Sandoval, de quien les dejo su interpretación del clásico de Dizzy Gillespie, “A Night in Tunisia”, para terminar con mejor vibra este post.

Coda

Para mayor detalle de la obra de Juan Padrón, de quien olvidé mencionar que era discípulo de Juan López Fernández (Superlópez) y buen amigo de Dario Mogno (a cuyo trabajo ya le estaré dedicando un post), pueden visitar su sitio web: http://www.juanpadron.info/

Para conocer un poco más de la historieta cubana, pueden visitar la galería virtual administrada por Dario Mogno: http://expo.mogno.com/

Por último, “Vampiros en La Habana” ha calado tan bien y tan hondo que si algún día se van para La Habana pueden probar el auténtico Vampisol en Barbaram “Pepito’s Bar”, un bar ambientado según la inspiración de la obra de Padrón, con arte original extra.